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jueves, 27 de mayo de 2021

MI PRIMERA ENTREVISTA

 

MI PRIMERA ENTREVISTA

Por : César Hildebrandt Pérez Tribeño 

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Nieto de un abuelo periodista y librepensador —Benjamín Pérez Treviño dirigió "La Razón" en Trujillo y fue jefe de la logia masónica de esos parajes—, a mí nunca me cupo duda alguna respecto de lo quería hacer. En el colegio militar "Leoncio Prado" había ensayado algunas escribideras, presidido un huachafísimo club de oratoria y editado el álbum de la promoción XIX con más audacia que tino y sin que nadie se diera cuenta de las barbaridades allí expuestas.



 No fue demasiado extraño, pues, que a los 17 años me presentara en "Expreso" con unos articulitos que hablaban de la novela que acababa de fascinarme: "Rayuela". Me los recibió amablemente Manuel D'Ornellas, por entonces un joven jefe de la página editorial del diario que refundara Manuel Ulloa, y me los publicó sin tocarme una coma. Así había empezado esta matraca.

Siguió sonando en el "Correo" de Luis Banchero, donde fui redactor múltiple, hombrecito orquesta, emergencista al toque y admirador de los extraños y prolongados suspiros de Sarina Helffgott, poeta y escritora, bohemia y no quiero saber más qué. Sarina, desde luego, nunca me miró más que como un metete precoz. En la sección fotografía, el jefe, un japonés, tuvo el acierto de bautizarme con el mote de "Yoqueyomiyeche", chapa que pegó y que tenía que ver, desde luego, con mi minoría de edad y mi fama de quejica. En todo caso, fueron nueve meses de hacer de todo y de no recibir un centavo, injusticia que me llevó a plantear un juicio en el fuero laboral, juicio que, por supuesto, perdí y que fue mi primera lección de lo que  podía esperarse de los dueños de periódicos en el Perú.

De allí pasé a "Última Hora", un diario inolvidable aunque ya por ese entonces tocado por la decadencia. A los pocos días de estar en ese antro de pisos untados de petróleo, en esa buhardilla temblorosa que don Pedro Beltrán había habilitado para su vespertino favorito, me obligaron a fingir una crónica futbolera fechada en Buenos Aires cuando realmente había sido escrita en una vieja Remington de la redacción —así empezaron los "envíos" impostores sacados de las primeras transmisiones por satélite—. A la mañana siguiente, don Bernardo Ortiz de Zevallos,el director, me mandó llamar para decirme que la añagaza le había gustado, que tenía mucho futuro y blablablá-y que me nombraba editor del suplemento deportivo. Era finales de 1969, yo tenía 21 años, el Perú se había clasificado para el campeonato mundial de fútbol de 1970 y el suplemento deportivo, agrandado a 16 páginas diarias, iba a ser el atractivo de la temporada. Así que la vida me empezaba a sonreír.

Me cansé pronto de ser editor, metí la pata hasta la ingle un par de veces, tuve roces con Luis Curie, el editor en jefe que censuraba mis locuras, trabé amistad con Veguita, el sobaco ilustrado más inodoro del país —cuando lo conocí no llevaba la dentadura que años después luciría y que, más tarde, volvería a quitarse en una sucesión de pesadilla que desconcertaba a sus víctimas-, me fui de putas un par de días de pago, me daba grima cada vez que tenía que corregir a algunos manganzones que me doblaban la edad y que ni siquiera agradecían y un día mandé todo al demonio y me fui a "Caretas". Resultaba que Igor Calvo, hermano del poeta César, dejaba su puesto en la revista por uno en Petroperú y me recomendaba que hiciera una prueba en el aquel entonces quincenario fundado hace una punta de años por Doris Gibson y Francisco Igartua.

Fui y me probaron. Me probaron y me aprobaron. Para mi desgracia, me aprobaron con creces y me pusieron encabezando la escuálida lista de redactores. Eso me ganó el odio inmediato de algunos (y de algunas). Una de ellas -Alfonsina Barrionuevo- fue a quejarse donde Zileri por el atropello y a amenazar con que se iba si el ultraje no era reparado. Parece que Zileri la mandó a la porra porque la señora dejó de colaborar con sus notas cartográficas sobre las campiñas serranas.

La envidia era para mí una vieja conocida. La había padecido en el colegio, en los poquitos años que frecuenté una universidad -la Villarreal, entre 1965 y 1968-, en la atmósfera un tanto geriátrica de "Ultima Hora". Nunca dejó de morderme el fondillo, nunca dejaría de ladrarme. Y siempre estuve preparado para sus tarascadas. Y no es que yo fuera especialmente brillante. Es que hacía mi trabajo en un mundo de flojos y escribía con cierta corrección en un mundo de falsos escribas.

 Para mi mayor suplicio, Enrique Zileri resolvió nombrarme jefe de redacción -un escalafón por debajo del legendario César Lévano, que era jefe de Informaciones- y darme una tarea adicional a las múltiples que ya tenía: la de entrevistar a un personaje en cada número. Esto fue porque la primera entrevista que realicé en mi vida se la hice al Búfalo Pacheco -Pacheco Girón era su apellido-, un matón aprista a quien yo había visto, en la Villarreal, disolver mítines comunistas con una correa incrustada de cabezas clavas y al grito de "los rojos a Cuba, conchas de su madre". La entrevista salió bien, al parecer, por-que la mañana de su aparición -con fotos de Víctor Manrique- Zileri me dijo que mi destino sería entrevistar.

PUBLICADA EN LA REVISTA 'HILDEBRANDT EN SUS TRECE' DEL 30 DE ABRIL DEL  2010


sábado, 3 de abril de 2021

VERGUENZA

 Por Cesar Hildebrandt P.T.



Vergüenza. Pero no la ajena, esa que no nos toca ni lesiona. En este caso es vergüenza paisana, nacional, nostrísima.


Vergüenza de llegar a los 200 años de república con candidatos como Rafael Santos, sicario apenas oral de Rafael López-Aliaga. ¿De dónde sale un tipo así? ¿Cómo se fabrica ese aspecto de ruindad? Como diría un huachafo: Santos sale de las entrañas mismas del Perú. Son los buscones que hemos creado malbarateando la política y vendiéndosela a los pobres diablos por un plato de lentejas. Somos un país equivocado.

Vergüenza por López-Aliaga, que de célibe empeñoso pasó a ser virgen cerebral, que de millonario en concesiones pasó a ser indigente de ideas. ¿Qué periodista de Willax le escribió, con letra enredada, lo que casi no podía leer este infeliz? ¿A quién creyó que podía engañar recitando fichas ajenas? La derecha peruana de talante religioso y ultracatólico alguna vez tuvo a José de la Riva Agüero y Osma como representante. Ahora debe contentarse con López-Aliaga. Es como pasar de un Mercedes a un triciclo cargado de chatarra.

Vergüenza por Hernando de Soto, que conmovió con su trémula vejez y sus delirios de protagonista retroactivo. Es una buena persona, un ensayista reconocido, un intérprete novedoso de cierto aspecto de la realidad peruana, pero el tiempo ha hecho su malévolo trabajo y el resultado es este monólogo refundador que no se sabe qué quiere decir, a dónde se dirige, qué metas persigue. Un gobierno de De Soto sería como el que en Alemania presidió, anciano y enfermo, Paul von Hindenburg y que terminó, como ya sabemos, con Hitler en el poder. La llamada república de Weimar duró quince años en Alemania. La nuestra, tan frágil como aquella, lleva 199 años de existencia.

Vergüenza por César Acuña, que demostró por qué tiene que plagiar tesis y libros. El milagro económico del Perú no es el PBI mentiroso ni la reducción, oficial y deleznable, de la pobreza. El verdadero milagro es que un semianalfabeto pueda fundar universidades que lo hacen millonario y poderoso.

Vergüenza por Ciro Gálvez y Pedro Castillo, representantes del folklorismo de izquierda que la derecha necesita. Una izquierda así de aldeana, así de ensimismada, así de telúrica, es la que puede arrancar algunos aplausos condescendientes en el periodismo tradicional. Ni Gálvez ni Castillo aspiran a la presidencia. Lo que quieren es una mención en cursiva al pie de alguna página. Estoy convencido de que ni siquiera eso lograrán.

Vergüenza por Alberto Beingolea, que dijo como metralleta todo lo que la derecha bruta y achorada dice despacito para que la entiendan bien. O sea: el-Estado-es-malo, lo privado-es-buenísimo, la-Constitución-fujimorista-no-se-toca. Chancón de a 20, Beingolea tiene la inteligencia de los siervos obedientes y recita de paporreta lo que Luis Bedoya Reyes improvisaba como el Pinglo del argumentario conservador que era. Cree Beingolea que estamos en el siglo pasado y que la derecha debe seguir con su mensaje inmovilista y terco. Ignora este señor que la casa matriz del partido que él representa, es decir, Alemania, ha empujado a la Unión Demócrata Cristiana hacia el centro y que ese viraje es el que ha permitido a la señora Merkel gobernar desde el año 2005. Beingolea cree que Pedro Beltrán está vivo y que si repite teatralmente la lección en público será entrevistado por la revista “7 Días”. Si supiera escribir, seguro que Beingolea le mandaría textos a Arturo Salazar Larraín, a quien también debe creer vivo y coleando.

Vergüenza por Keiko Fujimori, la cabal demostración de que mi país tiene vocación de podre. Escucharla hablar de sus propuestas para combatir la corrupción es como escuchar a Mesalina hablar de la castidad, como escuchar a La Rayo hablar de la honradez, como escuchar a Magaly Medina dar una cátedra sobre el derecho a la privacidad. Que esta expresión del herpes fujimorista intente por tercera vez apoderarse del Perú para hacer con él lo mismo que hizo su padre delincuente, dice mucho y mal de nosotros. Dice lo peor de todos nosotros. Dice, en suma, que la ignorancia tiene un lado políticamente repugnante.

Vergüenza por Ollanta Humala, que habló como si nadie recordara lo de Odebrecht y nadie supiera que su gobierno –el suyo o el de Nadine Heredia, no importa– fue uno más de los tantos regímenes avalados por la Confiep y los empresarios voraces que allí se parapetan. El señor Humala recibió el elogio de “El Comercio”, que así premió su “sensatez y moderación”. Lo que ensalzaba, en realidad, era la castración política que los nacionalistas padecieron desde que firmaron el compromiso aquel de ceñirse a los marcos constitucionales de 1993. Mario Vargas Llosa contribuyó a emascular a Humala. Quien realmente nos gobernó entre el 2011 y el 2016 fue Pichula Cuéllar.

En fin, vergüenza por Alcántara, que ratificó su inexistencia, y por Forsyth, que confirmó que los únicos palos que domina son los que al parecer le han dado para ser la pantalla de un nuevo seudónimo de la vieja derecha. Y mucha vergüenza por el fugitivo Vega, que leyó con voz de susto su adiós irrelevante. No hay nada peor que te vayas de donde no te han echado y que, encima, nadie te eche de menos. ¡Y pensar que alguna vez, en 1994, cuando vivía en Madrid, fui mensajero de Pérez de Cuéllar en Lima para alistar su candidatura por la UPP!

Y mucha, pero mucha vergüenza por los periodistas que hicieron de moderadores y que se hicieron cómplices públicos del señor Santos en su exhibición de matón del barrio.

Los demás se portaron como candidatos y cada quien juzgará sus propuestas, la viabilidad de sus promesas, la consistencia de sus planes.

Lo único que puedo añadir es que esta elección terminaría de ser una pesadilla si en este momento, al escribir estas líneas, la segunda vuelta fuera un coto exclusivo de la derecha y la centroderecha. Debemos agradecer que haya una opción de izquierda para la hora de las definiciones. No importa lo que diga la caverna de siempre ni cuánto quieran manipular las encuestadoras. No hay que tenerle miedo a quienes nos impusieron, con tanques en la calle, el neoliberalismo sin hospitales ni oxígeno ni ucis. No habrá segunda vuelta de verdad ni debate serio al que asistir si la izquierda no tiene una representación. Piénsenlo bien. He llegado a este convencimiento después de una profunda reflexión y tras leer la columna que Pedro Francke publica en esta edición. Ese texto supone un compromiso público de no repetir en el Perú experiencias desdichadas como la del chavismo ni ensayar entre nosotros la ingeniería social, siempre opresiva, del socialismo de raíz marxista.

miércoles, 17 de febrero de 2021

HERAUD, LA OVEJA NEGRA

 Por  : 

César Hildebrandt P.T.

Cuando el país que amo y que nos decepciona está a punto de hacerme trizas, pienso en Javier Heraud.

Mi esperanza se sostiene en Javier Heraud.

Hace unas noches vi el documental que hizo Javier Corcuera sobre el poeta acribillado y sentí que el Perú puede salvarse.

Que haya gente como Corcuera ya es bastan­te. Que Corcuera recuerde a Heraud es doble­mente estimulante.



Digámoslo de una vez: por lo que enfrentó, Javier Heraud es nuestro Miguel Hernández, nuestro García Lorca. Lo hicieron cadáver a balazos en medio del río Madre de Dios. Tenía 21 años. Era apenas un mayor de edad para el régimen civil de aquella época. Había escrito un puñado de poemas que no parecían salidos de la literatura sino de la naturaleza: fluían, brotaban, polinizaban, aleteaban. Debían no leerse sino casi murmurarse.

Y, sin embargo, la prensa de siempre maldijo a Heraud y lo mató dos veces. Lo llamó comunista -ese fue el titular de “La Prensa” de Beltrán dando cuenta de su muerte- y por eso lo decla­ró morible, asesinable, cancelable.

Luego vinieron riadas de porquería. Sobre su nombre se colgaron todos los desprecios.

Y sí, Heraud había estado en Cuba cuando Cuba era el amanecer de algo bueno. En esos años primordiales, ¿quién con alma no vio en Cuba un capítulo del futuro?

En ese paraíso tropical del hombre nuevo y la igualdad nuevecita y reluciente se escondía, sin embargo, el germen del bolchevismo comisarial. Pero eso vino después, mucho después de 1963, el año de la muerte de Heraud en Puerto Maldonado.

Heraud no podía saber que Cuba iba a ser una provincia ultramarina de la Unión Soviética, una Lituania con palmeras.

Lo que Heraud vio fue la primera alegría del socialismo alfabetizador, la pachanga de la liberación, la rumba santa de los milicianos que entraron a los ca­sinos mafiosos y rompieron lo que encontraban a su paso. Era la hora de la justicia social. Ya habría tiempo para otras sonoras matanceras.

Heraud vino al Perú después de pasar por un breve curso de guerrillero en La Habana. Creyó, en su ingenuidad de niño inmenso, que era fácil repetir la hazaña del Granma y que la hierba seca de la explotación y la desigualdad extende­ría el incendio tras la primera chispa guerrillera.

¿Quién pudo convencerlo de tamaño disparate?

No lo sé. A lo mejor, nadie lo persuadió. A lo mejor, Heraud quería intentarlo. A lo mejor, quería morirse entre pájaros y árboles.

En todo caso, el poeta que era un río se halló en una balsa y disparado por decenas de habi­tantes desde una orilla del Madre de Dios.

Ni siquiera el trapo blanco que flameó Alain Elías detuvo la balacera. Un campesino los había de­latado.

Se había entrenado desde febrero hasta octu­bre de 1962 en Cuba. Un poeta menor y envi­dioso dijo años después que todo había sido una farsa.

No, la farsa vino después.

Heraud dio su vida por el Perú. El Perú le pagó con el silencio. Fue considera­do un mal ejemplo, la oveja negra salida de un colegio caro, el clasemediero que traicionó a sus iguales. ¿Po­día haber alguien peor?

¿Fue un héroe? Claro que sí. Si te matan en medio de la selva porque quieres re­fundar el país que te hiere y te subleva, ¿qué eres? Heraud, en todo caso, no fue el bandido castrista que pintaron los diarios de la época. Se jugó entero por un ideal y fue devorado por su propia ilusión.

Fueron pobladores los que detectaron en aquel grupo que había entrado por la frontera boliviana a forasteros dignos de sospecha. Heraud creyó que esa gente los acogería.

Quizá el poeta ignoraba cuán resignado estaba aquel pueblo que debía redimir. Quizá nunca se interesó en la historia del Perú. Porque eso lo habría llevado a la conclusión de que la pri­mera rebeldía republicana de nuestro país hubo de importarse de argentinos, chilenos y grancolombianos. Y que durante la ocupación chilena las traiciones no escasearon en la sierra de los grandes hacendados y en la cos­ta de los exportadores de azúcar. En la selva lo único importante que ocurrió fue que perdimos territorios a manos de Brasil y Co­lombia y vimos el intento de una república autónoma en Loreto, en 1896.

Eso importa poco ahora. Lo decisivo es que Javier Heraud Pérez quiso hacer justicia por su propia mano guerrillera y fue baleado hasta la muerte cuando huía, desarmado, en una balsa al lado de Alain Elías.

Nos hemos librado de Heraud porque así de astutos somos los peruanos. Borrándolo, nos sal­vamos de recordar que un hom­bre bueno hasta el aturdimiento llegó a la conclusión de que al Perú sólo lo salvaría la indigna­ción armada.

¿Cómo era eso posible en un país donde Manuel Prado era presidente y Belaunde sería su sucesor? ¿Cómo era eso posible en una nación donde la prosperidad se veía en los nuevos ba­rrios y en el alza de nuestra minería? ¿No ve­nían empresas de Utah a invertir en el cobre? ¿No era la revolución verde, la mejora genética de los sembríos, una promesa de abundancia?

A Heraud se le maltrató como a pocos. Nadie salido del sistema reconoció en él ni siquiera la generosidad de su sacrificio. Y cuando, muchos años después, llegó Sendero Luminoso y la revolución tuvo cara de Pol Pot y hábitos malignos de Mao, todo fue más fácil. A todo intento de cambiar las cosas se le llamaría “terrorismo” y cualquier redistribución de la renta recibiría el sambenito de “populista”.

En el discurso de los vencedores, de los que controlan la gran prensa y la televisión, la his­toria con mayúsculas y la opinología en letra menuda, en esa narrativa imaginaria el estable­cimiento es Roma y quienes disentimos somos bárbaros.

El problema es que el Perú es una Roma que sólo construyó el coliseo. Y si los bárbaros son como Javier, ya sabemos quiénes habrán de prevalecer.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 526, 12/02/2021  p12

https://www.hildebrandtensustrece.com/

EL VIAJE DE JAVIER HERAUD

domingo, 12 de abril de 2020

MI PRIMERA ENTREVISTA


MI PRIMERA ENTREVISTA



Por : César Hildebrandt Pérez Tribeño 




Nieto de un abuelo periodista y librepensador —Benjamín Pérez Treviño dirigió "La Razón" en Trujillo y fue jefe de la logia masónica de esos parajes—, a mí nunca me cupo duda alguna respecto de lo quería hacer. En el colegio militar "Leoncio Prado" había ensayado algunas escribideras, presidido un huachafísimo club de oratoria y editado el álbum de la promoción XIX con más audacia que tino y sin que nadie se diera cuenta de las barbaridades allí expuestas.

 No fue demasiado extraño, pues, que a los 17 añios me presentara en "Expreso" con unos articulitos que hablaban de la novela que acababa de fascinarme: "Rayuela". Me los recibió amablemente Manuel D'Ornellas, por entonces un joven jefe de la página editorial del diario que refundara Manuel Ulloa, y me los publicó sin tocarme una coma. Así había empezado esta matraca.

Siguió sonando en el "Correo" de Luis Banchero, donde fui redactor múltiple, hombrecito orquesta, emergencista al toque y admirador de los extraños y prolongados suspiros de Sarina Helffgott, poeta y escritora, bohemia y no quiero saber más qué. Sarina, desde luego, nunca me miró más que como un metete precoz. En la sección fotografía, el jefe, un japonés, tuvo el acierto de bautizarme con el mote de "Yoqueyomiyeche", chapa que pegó y que tenía que ver, desde luego, con mi minoría de edad y mi fama de quejica. En todo caso, fueron nueve meses de hacer de todo y de no recibir un centavo, injusticia que me llevó a plantear un juicio en el fuero laboral, juicio que, por supuesto, perdí y que fue mi primera lección de lo que  podía esperarse de los dueños de periódicos en el Perú.

De allí pasé a "Última Hora", un diario inolvidable aunque ya por ese entonces tocado por la decadencia. A los pocos días de estar en ese antro de pisos untados de petróleo, en esa buhardilla temblorosa que don Pedro Beltrán había habilitado para su vespertino favorito, me obligaron a fingir una crónica futbolera fechada en Buenos Aires cuando realmente había sido escrita en una vieja Remington de la redacción —así empezaron los "envíos" impostores sacados de las primeras transmisiones por satélite—. A la mañana siguiente, don Bernardo Ortiz de Zevallos,el director, me mandó llamar para decirme que la añagaza le había gustado, que tenía mucho futuro y blablablá-y que me nombraba editor del suplemento deportivo. Era finales de 1969, yo tenía 21 años, el Perú se había clasificado para el campeonato mundial de fútbol de 1970 y el suplemento deportivo, agrandado a 16 páginas diarias, iba a ser el atractivo de la temporada. Así que la vida me empezaba a sonreír.

Me cansé pronto de ser editor, metí la pata hasta la ingle un par de veces, tuve roces con Luis Curie, el editor en jefe que censuraba mis locuras, trabé amistad con Veguita, el sobaco ilustrado más inodoro del país —cuando lo conocí no llevaba la dentadura que años después luciría y que, más tarde, volvería a quitarse en una sucesión de pesadilla que desconcertaba a sus víctimas-, me fui de putas un par de días de pago, me daba grima cada vez que tenía que corregir a algunos manganzones que me doblaban la edad y que ni siquiera agradecían y un día mandé todo al demonio y me fui a "Caretas". Resultaba que Igor Calvo, hermano del poeta César, dejaba su puesto en la revista por uno en Petroperú y me recomendaba que hiciera una prueba en el aquel entonces quincenario fundado hace una punta de años por Doris Gibson y Francisco Igartua. 





Fui y me probaron. Me probaron y me aprobaron. Para mi desgracia, me aprobaron con creces y me pusieron encabezando la escuálida lista de redactores. Eso me ganó el odio inmediato de algunos (y de algunas). Una de ellas -Alfonsina Barrionuevo- fue a quejarse donde Zileri por el atropello y a amenazar con que se iba si el ultraje no era reparado. Parece que Zileri la mandó a la porra porque la señora dejó de colaborar con sus notas cartográficas sobre las campiñas serranas.

La envidia era para mí una vieja conocida. La había padecido en el colegio, en los poquitos años que frecuenté una universidad -la Villarreal, entre 1965 y 1968-, en la atmósfera un tanto geriátrica de "Ultima Hora". Nunca dejó de morderme el fondillo, nunca dejaría de ladrarme. Y siempre estuve preparado para sus tarascadas. Y no es que yo fuera especialmente brillante. Es que hacía mi trabajo en un mundo de flojos y escribía con cierta corrección en un mundo de falsos escribas.

 Para mi mayor suplicio, Enrique Zileri resolvió nombrarme jefe de redacción -un escalafón por debajo del legendario César Lévano, que era jefe de Informaciones- y darme una tarea adicional a las múltiples que ya tenía: la de entrevistar a un personaje en cada número. Esto fue porque la primera entrevista que realicé en mi vida se la hice al Búfalo Pacheco -Pacheco Girón era su apellido-, un matón aprista a quien yo había visto, en la Villarreal, disolver mítines comunistas con una correa incrustada de cabezas clavas y al grito de "los rojos a Cuba, conchas de su madre". La entrevista salió bien, al parecer, por-que la mañana de su aparición -con fotos de Víctor Manrique- Zileri me dijo que mi destino sería entrevistar.

PUBLICADA EN LA REVISTA 'HILDEBRANDT EN SUS TRECE' DEL 30 DE ABRIL DEL  2010

sábado, 5 de octubre de 2019

DEBO TRAGARME ESAS PALABRAS


Por :
Cesar Hildebrabdt P.T



La semana pasada denuncié que la mafia había dado un golpe de Estado y que al presidente Vizcarra “le faltó pueblo, garra, cojones, brillos, asesores, planes y sinapsis” para evitarlo.

Hoy tengo que tragarme esas palabras. Nada me complace más que saborear esa deglución remordida y reconocer que Martín Vizcarra hizo esta semana lo único que cabía hacer ante la embestida del aprofujimorismo, esa alianza forajida que hizo del Congreso un muladar.

Vizcarra intentó, ingenuamente y hasta el último momento, negociar, conversar, llegar a acuerdos mínimos. Confió en Salvador del Solar y este trató de obtener una agenda mínima de consensos. Nada pudo lograr. Un partido que procede de saqueadores autoritarios, como es Fuerza Popular, y otro que proviene de los grandes asaltos a caudales públicos, como es el Apra, no eran interlocutores confiables. Y lo demostraron.

Cuando la Comisión de Venecia todavía estaba en Lima, vino la orden desde el penal de mujeres de Chorrillos: el proyecto de adelanto de elecciones debía encarpetarse ¡ya!

¿Pero eso no debía hacerse en un pleno? ¿Pero no debían antes esperar el informe de la mismísima Comisión de Venecia?

-¡Carajo! -dijeron desde la prisión. ¡Esas son formalidades que no deben tenerse en cuenta!

Entonces, Rosita Bartra encarpetó el proyecto, impidió que hablaran quienes se le oponían en la Comisión de Constitución y, en medio del escándalo, cerró el trámite en tiempo récord. El diario “Expreso”, vocero de la derecha más vieja y del fujimorismo de toda la vida, tituló, triunfante: “Jaque Mate: Congreso hizo la única jugada que le quedaba contra el Ejecutivo”.

Vizcarra había recibido el enésimo mensaje del poder aprofujimorista, ese dúo penitenciario que tomó el Congreso no para producir legislatura sino para demostrar poderío y soberbia y sabotear las reformas propuestas desde el Ejecutivo y la lucha contra la corrupción empeñada desde el Ministerio Público.

Total, habían echado a Kuczynski. ¿Qué se creía el mestizo y provinciano Vizcarra? ¿Que él podría salir del yugo? ¿Qué no pasaría por la sumisión, el agachamiento, que no pagaría el delito de estar en Palacio que debía ocupar la hija de quien pudrió el país? ¿Qué se creía el mestizo y provinciano Vizcarra? ¿Que él podría salir del yugo? ¿Que no pasaría por la sumisión, el agachamiento, que no pagaría el delito de estar en el Palacio que debió ocupar la hija de quien pudrió el país?

Hundido el proyecto del adelanto de elecciones, quedaba el siguiente paso del asalto final: el Tribunal Constitucional.

A Marianella Ledesma le ofrecieron quedarse si votaba por la libertad de Keiko. No aceptó. Había que sacarla. Había que expulsar también a Espinosa-Saldaña, otro réprobo. Por eso el apuro de infectar con su gente el TC.

No sólo era la libertad de Keiko la que estaba en juego. En nuestra pasada edición, Alonso Ramos describió por qué el TC era vital para el aprofujimorismo. Si Vizcarra se atrevía a cerrar el Congreso, lo primero que vendría –señalaba la premonitoria nota- sería una demanda competencial ante el TC, una apelación ante la OEA y una denuncia por delito de rebelión. Todo lo que el gamonal Olaechea, señor de sus viñedos, ha anunciado en estos días.

Volvamos al lunes histórico. El presidente de la república, convencido de que su destino era el basurero si asistía pasivamente al golpe de Estado metastásico impuesto desde una celda de Chorrillos, se jugó entero.

Y fue Salvador del Solar, que esta vez estuvo a la altura de las circunstancias, quien logró colarse en la sentina congresal para plantear, en los diez minutos que le cedió Gino Costa, la cuestión de confianza.

Para llegar a eso el primer ministro tuvo que aceptar la humillación de una puerta cerrada durante más de una hora, las advertencias de Olaechea, la zafiedad de la Chacón, las amenazas de la Alcorta en una escena sin precedentes y que, probablemente, no volveremos a ver jamás.

En fin, la cuestión de confianza estaba allí, dramáticamente formulada en menos de los diez minutos concedidos y a la espera de una respuesta.

Fue en ese momento que el fujimorismo cometió el peor error de su reciente historia.

Rosa María Palacios lo ha explicado para los profanos en derecho: “Discrepo con el presidente Vizcarra sobre una negativa exclusivamente fáctica de la cuestión de confianza. Esta también fue jurídica. Antes de poner al voto el nombramiento de Gonzalo Ortiz de Zevallos, el Congreso votó una cuestión previa. ¿De qué se trató? De decidir si el Congreso atendía la cuestión de confianza presentada por él presidente del Consejo de Ministros de forma inmediata (como fue solicitada) o si se rehusaba a atenderla y continuaba con el proceso de nombramiento de magistrados. La cuestión se puso al voto. Y 80 congresistas dijeron “no”.

Sus nombres quedaron en la pantalla. Fuerza Popular, sus aliados y la vicepresidenta se rehusaron a atenderla cuestión de confianza. Uso el verbo “rehusar” intencionalmente. No sólo porque eso es tácticamente lo que hicieron sino porque es el verbo exacto que usa la Constitución en el artículo 133 cuando dice: “si la confianza le es rehusada... se produce la crisis total del gabinete”. ¿Se votó o no se votó? Se votó. Y Salvador del Solar... perdió la votación y por mucho”.

Horas después, ante el aviso de que Vizcarra estaba dirigiéndose al país, el Congreso capturado por el crimen simuló una repentina aceptación de la cuestión de confianza con 50 votos a favor. Ya era tarde. Como dice Palacios: “La primera negativa era suficiente para que Salvador del Solar presentara su renuncia como le ordena la Constitución. Así lo hizo. El presidente Vizcarra solo tenía que decidir si usaba o no la facultad que le daba la Constitución en el artículo 134. La usó. ¿Cuál es el golpe de Estado si ellos mismos votaron para que cayera el gabinete Del Solar? La disolución del Congreso es la consecuencia directa del voto de más de 80 congresistas”.

-Es un golpe de Estado -dicen los que aplaudieron el auténtico golpe de Estado del 5 de abril de 1992 (la CONFIEP, la prensa que echa de menos a Fujimori, los “constitucionalistas” allegados a la mafia, los jurisperitos asustados por el “riesgo institucional”, los “analistas” que siempre demostraron ser benévolos con los desmanes del Congreso.

Por supuesto que lo que ha pasado no es un golpe de Estado. El verdadero golpe de Estado fue el que, tras perder las elecciones por un puñado de votos, decidió dar Keiko Fujimori el día en que anunció al país que, desde el Congreso, iba a cumplir con su programa de gobierno.

Y eso fue lo que hizo ante la debilidad culposa y trémula del señor Kuczynski. Y eso fue lo que quisieron hacer ahora. Lo que pasa es que Vizcarra no quiso pasar a la historia como un pobre diablo y dijo, a última hora, en los descuentos, ¡basta! No es que la disolución constitucional del Congreso sea una medida popular.

Eso, siendo importante, no basta. Es que se ha hecho respetando lo trazado por la Constitución. Vizcarra no ha querido ser aquel Belaunde Terry que fue devorado por el Congreso apro-odriista.

-Soy un demócrata-decía don Fernando, explicando así por qué no hacía uso del derecho constitucional que le hubiera permitido convocar nuevas elecciones parlamentarias ante la retahíla de censuras a ministros dictadas por la malhadada coalición de la derecha fisiocrática de aquel entonces. Todo eso terminó en un verdadero golpe de Estado, el de los militares reformistas que terminaron devolviéndole el poder, en 1980, a quien habían derrocado en 1968.Se trata de la primera disolución del Congreso no realizada por un gobierno de derechas sino por uno de centro. Siempre fueron los sectores conservadores los que irrumpieron en el hemiciclo y apresaron o exiliaron a quienes encarnaban alguna herejía popular.

Dicen los socios tácitos del fujimorismo que Vizcarra es un dictador. Se trataría de un dictador muy original. Uno que propuso recortarse el mandato, uno que convoca a elecciones legislativas para enero, uno que no podrá reelegirse, uno que permite que Pedro Olaechea lo insulte todos los días, uno que no espera nada de la prensa (y mucho menos de la tele, masivamente contaminada), uno que no envía recados al Tribunal Constitucional, uno que no ha tocado ni el Poder Judicial ni el Ministerio Público, uno que no dijo ni palabra cuando su vicepresidenta “juró” como presidenta de la república en el Congreso disuelto (cargo que mantuvo durante 20 horas y al que renunció despavorida).

La auténtica dictadura era la del Congreso. Y ese era un régimen dedicado a defender a las universidades de las fachadas falsas, a los congresistas delincuentes, a la industria de alimentos que se negaba a los octógonos, a los financistas encubiertos de los partidos políticos. Vivíamos la intolerancia procaz de un Congreso cuya Comisión de Ética se hacía de la vista gorda cuando de sus compinches anaranjados se trataba o de comisiones investigadoras que declararon la santidad de Alan García y Keiko Fujimori, sus dos implícitos patrones. Sufrimos el espectáculo de un Congreso en el que Becerril era una estrella de la oratoria y la señora Bartra una experta en derecho constitucional, cuando la realidad es que ambos eran títeres de quien padece prisión por haber entorpecido la justicia y ordenado amedrentar a testigos del lavado de dinero organizado por Fuerza Popular.

No nos hemos librado de esta gente. Pero, por lo menos, ya no están en el Congreso donde alguna vez, en años pasados, destacaron la política, la decencia y hasta el brillo intelectual. La mejor imagen de esa fauna congresal que hoy gimotea por lo perdido y sigue amenazando a quienes se lo arrebataron en nombre de la Constitución es la de la excongresista fujimorista Esther Saavedra. Será imborrable su grito: “Yo estoy aquí por mi plata”. Tiene razón. Por su plata estaba allí. Por lo menos fue sincera.

¿Qué debemos esperar ahora? Haría mal el presidente Vizcarra si cree que el país le ha dado un cheque

en blanco. Haría muy mal la izquierda si supone que es hora de patear tableros y plantear refundaciones.

La disolución legalista del Congreso obliga a Vizcarra a actuar con mucha cautela sobre tres puntos que bien podrían ser la agenda pos disolución. Quizá lo que la gente común espera es que el sistema de justicia siga funcionando y que la campaña contra la corrupción no se vea entorpecida. La consolidación de la reforma política y electoral -una que impida que 27% de los votos se convierta en el 65% de las sillas congresales- es otra tarea urgente que habrá que acometer en consonancia con los partidos que acepten integrarse al debate. Y el tercer punto es hacer ajustes en la economía, hasta hoy sometida al Vaticano liberal que encamaba el señor Oliva. Habrá que oír nuevas voces, propuestas razonables de otro linaje. El concepto del mercado arbitral debe salir ileso, pero la diversidad productiva, las tasas de interés y los programas sociales redefinidos no son incompatibles con el marco constitucional de 1993. Es hora de probar sin temeridades, de renovar sin miedo, de apostar también por la gente.

En cuanto a Olaechea y sus secuaces, que sigan su comedia. La verdad es que son involuntariamente cómicos.

domingo, 13 de enero de 2019

DOS SEMANAS IMPORTANTES


Por : César Hildebrandt
 

 
 
 
 
Da miedo salir de vacaciones.

Siempre su­ceden cosas.

El 31 de di­ciembre el Fis­cal de la Nación quiso dar un golpe de estado.

Tal como se lo habíamos ad­vertido en esta modesta revista, la calle le respondió. Chávarry se asustó, los fiscales de peluche que se prestaron al cuento sa­lieron corriendo y la maniobra abortó.

Casi simultáneamente hemos asistido a la recomposición del Congreso gracias a las sucesivas deserciones ocurridas en Fuerza Popular y al intento de censurar a Salaverry, operación esta últi­ma bloqueada por ahora.

¿Qué conclusiones sacar?

La primera es que la mafia en­quistada en el Ministerio Público ha empezado a salir de verdad. Si eso termina de lograrse con el liderazgo de Zoraida Ávalos, ha­bremos dado un gran paso. Eso hará que el Poder Judicial vigile muy de cerca a su presidente, un magistrado que siembra dudas por donde pase.

La segunda conclusión es que Fuerza Popular ha dejado de ser la maquinaria colosal que inti­midaba y había establecido un gobierno en la sombra a despe­cho de su derrota electoral. El partido que lideraba una mujer rencorosa en nombre de una turbia dinastía, el partido de la nada programática y el balbu­ceo populista, se extingue poco a poco. Escuché a Carlos Tubino explicando las bajas en el equipo y tuve una idea clara del origen de esa decadencia. Tubino es un fantasma que nada tiene que de­cir y que se demora para decir­lo. Es un fantasma en una casa donde han empezado a penar. El nuevo local de Fuerza Popular podría ser la casa Matusita.

No han sido solo los errores políticos de la señora Fujimori los que explican esta implosión. Bastó que dos fiscales empecina­dos siguieran la huella del dine­ro para que comprobáramos lo que ya sabíamos: que la corrupción es parte del ADN fujimorista, que los malos hábitos no fueron un episodio del albertismo. Lo hemos dicho más de una vez: el fujimorismo nació robando donaciones y terminó robándo­nos la Constitución.

Pero es hora de decir algo que pue­de ser incómodo. Y es hora de formular algunas preguntas. ¿Cómo es que el fujimorismo puede estar vigente a pesar de tantos años de malas andanzas y trope­lías? ¿Cómo es que para evitar a Keiko hubo que votar por un hombre como Kuczynski? ¿Qué explica la podredumbre chalaca, la entronización de los cuellos blancos, las decenas de gober­nadores y alcaldes ladrones? ¿De dónde vienen esos lodos te­naces?

¿Cómo es que en la mitad de las obras públicas terminamos encontrando corruptelas? ¿Por qué los últimos ex Presidentes y la exalcaldesa de Lima están so­metidos a sospechas legítimas, cuando no a certezas fulminan­tes? ¿De qué pozo séptico vienen estas vaharadas de inmundicia?

Hay que de­cirlo: vienen del Perú profundo. Del patán que se salta la cola, del empresario que compra una rezonificación, del alcalde que se la vende, del que abusa de su po­sición de dominio, del escritor que plagia y es protegido por su mafia gremial, del taxista que se pasa una luz roja, del que lanza una cáscara de naranja desde un coche, del club de la construcción, de los abogados testaferros, de los funcionarios públicos con cuentas en Ando­rra, de los concejales que lo primero que hacen es aumentarse el monto de las dietas, de los congresistas que aplauden protocolarmente, de los lobistas que plagan el Congreso, del que calibra su balanza para robarte 50 gramos por cada kilo, de los seguros que se niegan a pagar lo que se comprometieron a pagar, de los opinólogos que sabiendo quién era Chávarry lo defendie­ron por lo que encarnaba, de los traficantes que invaden cerros y tierras del Estado para lotizar y revender, de las señoras que se meten un perfume en la cartera si no hay cámaras a la vista…

La corrupción no es un inven­to de los políticos. Viene de lejos. Terminará matándonos como país si seguimos consintiéndola. Por eso estas dos últimas sema­nas han sido importantes. Por­que pueden ser el comienzo de una revolución de la limpieza. Lo que el Perú pide a gritos es un diluvio de desinfectante, un Niño de lejía.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 427, 11/01/2019 p9



 

miércoles, 28 de marzo de 2018

MODESTAS SUGERENCIAS PARA VIZCARRA

César Hildebrandt
El señor Martín Vizcarra puede ser nu
estro próximo presidente. No lo será por elección popular sino por descarte, pero eso no le resta méritos. Al fin y al cabo, él no tiene la culpa de que el presidente Kuczynski haya despilfarrado el capital político con el que arrancó.
Pues bien, sería bueno que el señor Vizcarra tuviera en cuenta algunos asuntos:
1) Un cogobierno con el fujimorismo sería visto como una traición. Todos creerían que Vizcarra y la exprimera dama de la corrupción tramaron la vacancia conectando el Paseo Colón con Ottawa.
2) Es necesario reactivar la economía. Pero eso no puede significar perdonar a los delincuentes que participaron en la trama de Odebrecht, como quiere hacer PPK (ver columna de Pedro Francke en esta edición).
3) Habrá que reformular el gabinete optando por una tregua con las fuerzas políticas ajenas al legado de Alberto Fujimori. Ese gabinete debería representar a las bancadas actuantes hoy y a partidos expectantes, víctimas de la marginación, como el de Guzmán. Y debería ser una mezcla sinérgica de operadores políticos y técnicos de verdad. Los ilustres independientes, que son lo mejor del país probablemente, no debieran ser desdeñados.
4) Mucho cuidado con Mercedes Aráoz. Usted sabe por qué.
5) Romper con la “mancha blanca”, el lobismo insaciable, las amistades peligrosas y los negociados como el que se empieza a hacer con los Panamericanos. Su gobierno tendrá que ser una sabia transacción de la continuidad y la ruptura.
6) No confiar en Kenji Fujimori y sus sueños de patriarca reencarnado. Que esté recogiendo las sobras de su hermana no significa que sea un aliado digno de tenerse en cuenta.
7) El gobierno, librado de PPK, tiene que tener rumbo y metas. La principal de estas metas podría ser la de llegar al 2021, fecha tan simbólica, con instituciones saneadas y consolidadas, con un Estado en forma y una sociedad regida por la ley. Para eso se necesita una poderosa campaña contra la corrupción. Y el primer paso de esa campaña deberá ser fumigar el Poder Judicial. Sí: hablo de una reorganización cabal que nos libre de este chan­cro. ¿Independencia de poderes? ¡Pamplinas! El poder de la gente demanda que nos libremos del Poder Judicial que nos enmierda. Que los doctores y los constitucionalistas digan cómo se hace esto.
8) El nuevo gobierno debería acercarse al centro y dejar de ser los servicios higiénicos de la CONFIEP y los poderes del billetón. La derecha está feliz con eso pero ignora que así está incubando un rencor social que podría desencadenar, a la larga, la segunda “guerra interna” cebada en la ira popular. Usted, que ha sido goberna­dor provinciano, sabe de lo que hablo.
9) Habrá que dialogar con la gente, con sus representantes gremiales, con sus portavoces regionales. No se trata de encerrarse en Palacio y decir que los agitadores quie­ren hacer de las suyas. Hay conflictos en marcha que son perfectamente negociables y que no incidirían demasiado en el tamaño del presupuesto nacional.
10) Pero el Perú también quiere autoridad. Y desde esa perspectiva debería ser pasible de inmediata causa penal la inte­rrupción de las redes viales y el ataque salvaje a quienes quieren hacer uso del derecho al libre tránsito.
11) Se ha avanzado algo con la Policía pero es importante continuar la cam­paña de limpieza. No podemos seguir viendo a uniformados agentes del orden como jefes de pandillas, mandantes de si­carios, socios de traficantes de tierra.
12) Es imperativo darle prerrogativas adicionales a la Contraloría para que ejerza vigilancia previa sobre el gasto público cuando esté por encima de los cien millones de soles.
Tal para cuales
13) Sería vital ayudar a la agricultura de consumo interno y a la industria que se comprometa con la sostenibilidad y el avance tec­nológico. Hablo, en general, de la famosa diversificación pro­ductiva, que la derecha descalifica sin saber de qué se trata y sin pensar en el futuro del país.
14) Cuidado con retroceder en el asunto de las universidades-antros que pretenden ahora, con la “nueva” SUNEDU, obtener licencias que no se merecen.
15) No se deje avasallar por los periodicazos de los Miró Quesada y por los canalazos de la misma familia. Usted es un hombre de clase media que va a llegar al poder porque su presidente de­feccionó. Usted no le debe nada ni a la izquierda ni a la derecha. Haga el gobierno moderado que le salga de los forros. Moderado y limpio. Moderado y honesto.
16) No se junte con la barra brava de los caviares. Su voluntarismo confuso lleva a la antiminería fanática, al relativismo de los valores, al feminismo de caricatura (cuando no al usufructo de fondos extranjeros que a veces son difíciles de controlar).
17) Ojalá que no se le ocurra abandonar el sistema jurídico internacional representado por la Corte de San José. Ese es el sueño de los Colina y de su patrón. Si la Corte Interamericana de Derechos Humanos revoca el indulto concedido por PPK, pues habrá que acatarlo. Y si eso significa que el señor Fujimori regrese a la cárcel, pues que regrese.
18) ¿Recuerda “El padrino” señor Vizcarra? ¿Recuerda cuando Corleone padre le dice a su hijo: “quien quiera llevarte a la reunión, ese es el traidor”? Pues tenga en cuenta esa escena cuando le propongan una cita con madame Keiko. Se la va a plantear algún columnista de “El Comercio”
Fuente: “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 387, 09/03/2018